La sátira no está reñida con el respeto a la verdad [1]

Andrés Vázquez de Sola[2]
Dibujante satírico, periodista y pintor andaluz

 

En cierta ocasión preguntaban a Albert Einstein si creía en Dios. Él respondió de inmediato: “explíqueme usted qué entiende por Dios y podré contestarle”. Si a cualquiera de nosotros nos preguntaran qué pensamos de la libertad de expresión, o de la democracia, o de la justicia…, deberíamos saber qué entiende nuestro interlocutor sobre esos conceptos para, después de analizar todos sus aspectos y sopesar todo su alcance, poder responderle con exactitud a cada cuestión. Igual si se nos pregunta por el concepto y el vocablo terrorismo.

Apocalipsis1Así, a bocajarro, a las primeras preguntas todos habríamos de responder que, por supuesto, somos defensores de la libertad de expresión, que es un derecho inalienable; que consideramos la democracia como el único sistema que nos dignifica; y que la justicia nos iguala a todos en el cumplimiento de la ley… En cuanto al terrorismo, no podemos contestar sino que estamos en contra, que es criminal, cobarde y traicionero, que debemos combatirlo, se esconda donde se esconda.

Evidentemente, todos nos sentimos partidarios de la democracia y la libertad, como todos somos enemigos del terrorismo. Esto dicho, que se nos aclarare qué debemos entender por democracia y qué poderes deben administrar la forma de democracia que se nos ofrece, puesto que existen en el mundo muy diferentes conceptos de democracia. Solo entonces podremos contestar sin equivocarnos. Por ejemplo: si por democracia debemos entender un régimen corrupto, donde el latrocinio es ley, donde se condena a muerte por hambre, por frío o por enfermedades perfectamente curables, mientras los gobernantes y sus coleguillas banqueros esquilman las riquezas del país, habremos de reconocer que, si la democracia fuera eso, nosotros no podríamos sentirnos demócratas, sino cualquier otra cosa, se llame como se llame.

Igualmente, hemos de saber, exactamente, qué entendemos por la cacareada libertad de expresión. Si la libertad de expresión, según nuestro interlocutor, consiste en injuriar, calumniar, provocar y zaherir alegremente, sólo con la intención de ganar dinero escandalizando, o prostituir el cuerpo femenino en páginas cuché, hemos de tenerlo claro para poder responder de forma negativa. Porque, justamente, pensamos que la libertad de expresión de cada cual ha de ir de consuno con el derecho a la dignidad debida a todo ser humano.

De guantanamo2Un buen ejemplo histórico de lo contrario: la propaganda francesa de guerra, durante el conflicto franco-alemán de 1914 a 1918, llegó a este nivel xeno-escatológico: “Las eyecciones intestinales de los alemanes son mil veces más pestilentes y nauseabundas que las francesas”. Quien pretende expresar libremente su opinión, debe de antemano contrastar suficientemente su información para poder hacerlo de forma coherente y verídica, sobre todo si se emplea la sátira y el panfleto, teniendo claro, en su conciencia, qué es lo que quiere expresar a propósito de lo que conoce a ciencia cierta. Sabiendo que, de no estar bien informado y convencido de la veracidad de su aserto, la utilización de la libertad de expresión por su parte comporta el riesgo de engañarse y engañar. Y eso no sería honesto.

Tampoco conviene olvidar que no es siempre la persona que dice expresarse libremente, y lo firma, quien expresa libremente su sentir personal: son las empresas privadas, pertenecientes a emprendedores privados, quienes las dirigen como ellos lo entienden, obedeciendo a la ley del mercado o aprovechando subvenciones. Ellos son en realidad los que nos informan, asesoran y opina libremente, según sus intereses mercantilistas. La libertad de expresión de los periodistas-empleados la limita el Libro o Cuadernillo de Estilo, de uso en todos los medios de comunicación. Ahí, de forma más o menos explícita o implícita, se limita incluso la libertad con la que el periodista debe expresar el pensamiento de su patrón.

La denuncia de esta práctica no implica crítica hacia el plumilla o pintamonas, a veces obligado a aceptarla, sino apelar a su conciencia y ética profesional, así como a la necesidad de luchar por la separación de la conciencia y el negocio. Esto en lo concerniente a la libertad de expresión.

Ante la pregunta sobre la justicia: ¿qué responderíamos de los jueces en general? ¿Qué de las múltiples varas de medir? ¿De la justicia de clase y la clase de justicia? ¿De la aplicación de las leyes, de las implicaciones de los jueces con el poder? Habremos de recapacitar sobre quién, para quién y por qué se dictan las leyes, y si éstas son reflejo de la justicia. ¿De qué justicia hablamos?

Globalizarpaz3En cuanto a nuestra opinión sobre el terrorismo, si quien nos pregunta nos aclara que por terrorismo entiende el acto de rebanear pescuezos ante una cámara de televisión, morir matando con un cinturón de bombas alrededor del cuerpo o poner bombas en las escuelas, nuestra respuesta será de condena absoluta, de repulsa indignada. Ahora bien, si por terrorismo nos referimos a la acción desesperada de quienes defienden su patria a pedradas, a arañazos y a dentelladas, debatiéndose como gatos panza arriba, porque no tienen otra posibilidad de responder al agresor, ni se les da la oportunidad de respetar las sagradas leyes de la guerra, ni los humanitarios convenios de Ginebra, tal vez nuestra respuesta sea otra…

Si terrorista es quien lucha, cada uno como su Dios le da a entender, contra los tanques que arrasan sus sembrados y contra los aviones que riegan sus poblados con bombas destructivas de vidas y sembrados, ¿sabremos ponernos en su lugar? Cuando esos “terroristas”, forman parte de leyendas épicas y se llaman Agustina de Aragón, el Empecinado, El Niño Timbaler, Manuela Malasaña, el cura Merino, el alcalde de Móstoles…, que aterrorizaron al ejército napoleónico a navajazos, a pedradas, a traición: ¿qué pensamos de ellos? Y los vietnamitas, atacados por los yanquis, ¿se anduvieron por las ramas a la hora de defenderse? Los argelinos, en defensa de su independencia llevaron su lucha contra Francia a suelo francés, sin armas, a cuerpo limpio: ¿eran terroristas? Para los buenos patriotas franceses, sí; Aunque esos mismos franceses, en otro momento, también habían asesinado nazis durante la ocupación de su pueblo con alevosía, aprovechando la noche y la niebla. ¿Los juzgaríamos como terroristas? Los nazis, sí los condenaron. Pero, ¿condenaría la Historia, las hazañas recordadas en las páginas leídas en nuestra infancia como Numancia y Sagunto, o el magnicidio terrorista cometido contra el comendador de Fuenteovejuna?

Tanta indignación generalizada en nuestros días contra el terrorismo islámico, necesitaría un análisis objetivo que nos ayudara a combatir con más efectividad, tanto a la barbarie real, como a los fantasmas del degüello televisivo. Y ejercer nuestra libertad de expresión de forma más objetiva. A saber: “Occidente”, es decir, nosotros, EEUU y sus compinches de la OTAN, hemos encendido una guerra de agresión contra los “Países Islámicos” con pretextos tan convincentes como liberar a sus mujeres de vestir el burka tradicional, defendernos preventivamente contra sus inexistentes armas de destrucción masiva, y otras razones igualmente mendaces y peregrinas. Pretextos de tipo religioso y civilizador, como lo fue antes el de la conquista del Santo Grial.

Desde siempre, las Grandes Potencias han combatido el terrorismo islámico (antes se decía barbarie musulmana), implantando la civilización cristiana. El siglo pasado, en Marruecos, Alfonso Trece, jugaba a los soldaditos, considerando carne de gallina a cuantos soldados morían por su real estulticia; Vittorio Enmanuele de Italia pasaba a sangre y fuego Abisinia. Hitler bombardeaba Egipto mientras daba los últimos retoques a las galeradas de Mein Kamph… Es curioso ojear viejos periódicos en cualquier hemeroteca. No encontraremos ninguna crítica hacia cualquiera de los dictadores o reyezuelos antes nombrados. Todos alababan sus logros: milagro alemán, resurgir de Roma, la modernización de España…

Enlaspateras4Por raro que pueda parecernos a nosotros, que somos los únicos detentores de la única verdad, de la única religión verdadera y de la única civilización civilizada, algunos de los nacidos en tierras moras se niegan a aceptar con alegría nuestros razonamientos y nuestras virtudes. Algunos incluso se empecinan en defender su país, sus tradiciones -religiosa incluida- y su forma de vida. La consigna es llamarles fanáticos y terroristas.

Los nazis llamaron terroristas a los maquisards franceses, De Gaulle incluido. Según Occidente, los palestinos, los saharauis, los vietnamitas, los chilenos, los bolivianos, los guatemaltecos, los armenios, todos han sido o son terroristas en un momento u otro de su historia. También la República de Cuba fue terrorista hasta dejar de serlo, simplemente porque así lo decidió el señor Obama.

La OTAN envía contingentes y contingentes de sacrificados soldados, en misión de paz, para que desde potentes bombarderos esparzan la muerte sobre poblaciones inermes, destripando a mujeres y niños, algunos aún envueltos en el vientre de sus madres para que ocupen sus pueblos y ahorquen a sus responsables políticos -que por cierto, no son peores ni más corruptos que los que aquí nos roban- sustituyéndolos por cristobitas de trapo movidos desde Washington. Todo eso en nuestro nombre.

Tal vez podría ocurrírsenos preguntarnos: ¿es humanamente aceptable que con tales métodos pretendan convencernos de que nuestra moral, nuestra democracia, nuestra religión y nuestra forma de matar son superiores a las de ellos? Y a ellos, ¿se les puede convencer, bajo la tortura cotidiana en cualquier Guantánamo, para que se dobleguen, se arrepientan y hociquen? ¿Quién aterroriza a quién?

Hablemos del terrorismo que ocupa la actualidad mediática. Se entiende el horror que produce un atentado como el sufrido por Charlie-Hebdo. Es estremecedor. Los sentimientos de rechazo, de asco o de miedo son comprensibles en todas las buenas conciencias. Por el contrario, es sospechoso constatar el interés político y mediático con el que se ha magnificado la defensa unánime de la libertad de expresión por parte de los gobiernos y empresas periodísticas que la coartan habitualmente. Y por patético, ridículo y cínico, dudosamente defendible, el desfile de todos los gobernantes, miembros de la OTAN recorriendo, cogiditos de la mano, las avenidas parisinas.

Lo dicho no justifica ni aminora la culpabilidad de quien se toma una venganza tan desproporcionada como la de ejecutar a unos humoristas, por el simple hecho de cachondearse de sus creencias religiosas. Es absolutamente inaceptable. Sin embargo, deberíamos pararnos un minuto a reflexionar también sobre este tema. Sacándonos la viga de nuestro ojo veríamos más claro.

Personalmente -ustedes perdones la anécdota autobiográfica- yo he trabajado durante prácticamente toda mi vida laboral en el periódico más libre, más absolutamente libre que darse pueda: Le Canard Enchainé, en París. Un semanario sin Dios ni amo, ni publicidad. El Canard era una sociedad de redactores donde nosotros, los que lo hacíamos, éramos los únicos dueños y no habíamos de dar cuenta a nadie de nuestras convicciones íntimas, ni de la forma de expresarlas. No admitíamos anuncios pagados, para no sentirnos coartados ante las exigencias de posibles anunciantes.

Sin embargo -siempre hay un sin embargo-, estábamos sometidos, porque así lo habían decidido quienes nos precedieron en la dirección colegiada del periódico, a una cortapisa de estilo que no nos permitía escribir palabrotas, ni dibujar obscenidades ni temas escatológicos. También había -aunque discreta- una mayoría de compañeros, sanamente ateos aunque de origen judío, muy sensibles a cualquier manifestación que pudiera arañar o incluso acariciar a contrapelo al Estado de Israel.

Enlaspateras5Nuestros lectores tampoco nos hubieran comprendido si lo hubiéramos hecho. En Francia, el sentimiento pro-semita es muy profundo. Posiblemente sea porque es el país que alberga más personas de origen hebreo de todo Occidente. Por otra parte, tienen los franceses la mala conciencia histórica de que su gobierno, el de Vichy durante la ocupación nazi, entregara al ejército ocupante, para su exterminio, a centenas de criaturas en cuyas ropas habían cosido la estrella de David.

No es nada extraño, pues, escuchar tantos cantos a la libertad de expresión utilizada contra los sentimientos de los mahometanos, mientras se condena y encarcela a otro humorista, Dieudonné, por sus expresiones satíricas consideradas antisemitas. O el propio Charlie-Hebdo, tan defensor de su derecho a la libre expresión, echando, con cajas destempladas, a su colaborador, el gran Siné, por cometer el mismo delito. Dos varas de medir, en nombre de la liberté, l’egalité y la fraternité.

Por lo visto, en Charlie Hebdo sólo puede gozar de la libertad de expresión quien expresa libremente su apoyo al Estado de Israel en su guerra de expansión contra los países árabes. Queramos o no queramos, Israel, sigue siendo un país y un régimen político objetivamente beneficiario del horrendo crimen cometido por los nazis contra personas con apellido, ascendencia, costumbres o práctica religiosa judía. Eso nos da buena conciencia, sobre todo si se nos hace olvidar que el Estado de Israel no es sino una avanzadilla de “Occidente” contra el enemigo islámico.

Pero ponderar exclusivamente el holocausto judío, olvidando a las otras víctimas, no hace sino cambiar una raza superior por un pueblo elegido. El crimen lo cometieron los nazis contra toda la humanidad. También lo sufrieron personas malformadas físicamente, pelirrojos, poliomelíticos, homosexuales, oponentes políticos, gitanos… Ya hemos dicho, repetido y reafirmado, que existe censura más o menos evidente o encubierta, pero siempre mediatizadora de libertades, en todos los medios informativos y en todos los países democráticos. La censura puede imponerla la autoridad estatal, tanto por decreto como distribuyendo subvenciones, o los mercados, que valiéndose de la publicidad, reparten sus anuncios en un medio u otro, según el grado de servilismo de cada uno, supeditándola a los intereses de quien pone el dinero, controlando, poniendo cortapisas.

Es, por lo tanto, demagógico que esos mismos gobernantes y mercachifles defiendan la libertad de expresión. Ellos sí la utilizan abusivamente, contra viento y marea, incluso saltándose las leyes a la torera, sin pararse a mirar si injurian o calumnian, si hieren la sensibilidad de alguien, ni si la utilizan para incitar a un ciego a tropezar y reírse a su costa, porque la risa también es un negocio y un arma letal, si la utilizan según sus intereses.

Cacarear la libertad de expresión por parte del periodista que firma al dictado, también es pura hipocresía demagógica. Igualmente cabe preguntarse: ¿dar como un hecho incontrovertible el uso individual del derecho a la libertad de expresión es solamente demagogia, o puede también formar parte de una estrategia global belicosa? Yo me lo pregunto: existen las llamadas guerras psicológicas, cuya misión consiste en apoyar las libradas a sangre y fuego, motivando el ardor guerrero de los nuestros, al tiempo que minan la moral del enemigo. Si creyendo que usamos nuestra libertad de expresión, caemos en la trampa de colaborar en esa estrategia bélica: ¿estamos seguros de haber ejercido libremente nuestra libertad?

Desde ese punto de vista, podemos servirnos como ejemplo de los dibujos blasfemos contra Mahoma en Charly Hebdo. Cabría también interpretarlos como una batallita psicológica contra el enemigo islámico, tentándolo a acudir al trapo y cometer algún acto atroz que lo desacreditara. ¿Eran los autores de los dibujos conscientes de la trinchera desde la que combatían? Pensémoslo. Ellos ya no pueden hacerlo. Para apuntarse a cualquier bombardeo, el ánimus jocandi no es suficiente justificación, ni la guerra psicológica deben asumirla los humoristas.

Ahora podemos preguntarnos: ¿aceptarían los piadosos -no digamos fanáticos- zaragozanos que se hicieran dibujos de la Pilarica, parecidos a los de Mahoma, Ella, la Madre de Dios y capitana general de nuestros ejércitos, grotescamente desnuda, haciéndose sodomizar con un crucifijo? ¿Y los sevillanos con su Macarena? ¿Cómo reaccionaron nuestros defensores de la libertad de expresión cuando Javier Krahe expresó la suya cocinando un Cristo, se acuerdan? ¿Y con el Cabrero, cuando se le escapó aquel “cagandio”?

Mundolibre6Es verdad que ahora, en este momento, nadie mata por eso en España, porque no estamos en guerra, pero mientras pudieron, los héroes de nuestra Cruzada Nacional llenaron las cunetas. La vocación quijotesca del satirista es la de enderezar entuertos y, tras analizar concienzudamente hechos -o cohechos- orígenes, motivaciones, antecedentes e intereses en juego en cada caso, comentarlos con sorna y, antes de darlos a imprimir, volver a contrastarlos meticulosamente hasta convencerse de haber hecho la crítica ecuánime, aún dentro de la exageración humorística. Siempre consciente de no haber sobrepasado el límite del hasta donde se puede llegar demasiado lejos.

Un deber ético del periodista, “serio” o humorista, es el de no dar fe de bulos, ni airear habladurías, ni publicar como noticia cierta -aunque sea añadiendo la coletilla defensiva del supuestamente- lo que no es sino el inicio sin confirmar de un hipotético escándalo. En este sentido, debo confesar que con mucha frecuencia me siento avergonzado de la profesionalidad de algunos colegas.

En su quehacer, el periodista satírico no reconoce tabús, ni intocables. Su deber consiste en combatir, sin más armas que su ingenio, el abuso de poder, la corrupción de los poderosos, el yugo del fuerte. Después, su propia conciencia sabrá donde están los límites de esa lucha, que no deberá nunca caer en la injuria, ni en la descalificación, ni en la incitación al odio, al racismo o al desprecio hacia personas concretas ni a ideas ajenas, tan respetables, en principio, como las propias. La sátira es, por naturaleza, panfletaria, inconformista, incisiva y excesiva, pero también lúcida, intelectualmente honrada y sincera.

La misión del satirista es enseñarnos a reír ante nuestros propios dramas, a quejarnos de otra manera, a razonar ante las bombas y la penuria, a combatir la maldad sin herir al malvado, a pelear a risotada limpia, a defender las ideas, provocando pero no ofendiendo ni siquiera a nuestros adversarios. El enemigo no es nunca el otro, el vecino más o menos cercano, sino la entelequia dominadora, la ceguera egoísta, el afán de poder, la fuerza bruta que avasalla y cuya marabunta es preciso frenar.

¿Significa esto que no sea ético señalar a quien decide algo reprochable? No si es a la manera de ideograma, como icono representativo de algo y no en tanto que alguien, persona privada. O bien si ese alguien, persona privada o pública, es quien propugna y acomete -o comete- personalmente, la tropelía reprochable. Siempre se ha dicho que cuando alguien señala la luna, el necio mira al dedo. Pues bien, cuando el poder nos señala al enemigo, el buen satirista dispara sus dardos contra el dedo.

A veces, las expresiones jocosas, irónicas satíricas y grotescas, pueden parecerles vulgares y soeces a algún exquisito pusilánime, porque ignora la intencionalidad del humorista, pleno de objetividad dentro de la subjetividad inherente a todo pensamiento humano. A las almas sensibles que se escandalizan con ciertas vulgaridades, les recordaremos que poetas como Rabelais, Quevedo, Jónatan Swift, Beaudelaire y hasta Teresa de Ávila, sufrieron en su tiempo el desprecio de los administradores del buen gusto.

Geniales humoristas españoles, han sido mártires voluntarios de lo correcto, entre otros Bagarías, que murió en el exilio; Martínez de León, que sufrió muchos años de cárcel; Bluff, que fue asesinado por los franquistas y Gila, que también fue fusilado, pero tuvo la suerte de sobrevivir a las balas. Es aberrante que la Parca, las mazmorras o la cerrazón puedan borrar los trazos de un lápiz, arma cargada de comprensión persuasiva, disparando ideas, como Cupido sus flechas, hirientes solo de amor. Que la nada se lleve a quien intenta probar por lo absurdo, lo absurdo de la injusticia y el poderío basados en la fuerza de las armas, al humorista consciente de que no vence sino quien convence.

Nos repugna la pena de muerte, incluso aplicada a criminales sanguinarios, y nos avergonzamos de los nuestros que, con el nombre de nuestra patria en ristre, la aplican regando toneladas de bombas sobre pueblos indefensos. Nadie debe morir por nada, ni por padecer de hepatitis C, ni por vender su fuerza de trabajo sea con una piocha o con un lápiz, ni por sus ideas -y aún menos por no tenerlas claras-. Todos repudiamos la pena de muerte. Todas las penas y todas las muertes, sobre todo las provocadas.

A todos los asesinados por la violencia egoísta o ciega, inocentes o no, cualquiera de los llamados Jehová, Dios o Alah que pudiera existir, los recibirían con gusto en sus respectivos paraísos. Lo malo es que no hay Dios que arregle este mundo.

[1] Esta reflexión fue expuesta públicamente por el caricaturista Andrés Vázquez de Sola en el marco de las I Jornadas sobre Literaturas marginadas. Prensa y sátira en tiempos de crisis. Géneros, discursos y prácticas, celebradas en marzo de 2015 y organizadas por los grupos de investigación Historia del Periodismo y las Lecturas Populares en Andalucía y Literatura española y Comunicación. Recepción y difusión de la Literatura (LITESCO), ambos de la Universidad de Sevilla.

[2] De risa irreverente y espíritu combativo, Andrés Vázquez de Sola representa al periodista, dibujante satírico y político, escritor y pintor que hace de sus obras un arma de lucha contra las injusticias. Nacido en San Roque (Cádiz) en 1927, y en el seno de una familia “de orden”, inicia su trayectoria como periodista en la publicación Patria (Granada). Años más tarde, se convertiría en colaborador fijo del Diario Madrid y de Televisión Española, en un programa emitido en la noche de los sábados donde dibujaba ante las cámaras caricaturas de los invitados.

En el año 1959, y tras sufrir actos de censura (Andrés militó de forma clandestina en el Partido Comunista Español desde 1951), decidió marchar a París a pie y pasar a ser un refugiado político en el país vecino. El artista sanroqueño explica que “el director del Diario Madrid y yo concebimos un plan para escapar. Se trataba de viajar a pie y sin dinero desde Madrid hasta Francia, haciendo reportajes por el camino, para que no sospecharan que quería huir. De esta forma evité que la policía supiera dónde estaba”. La llegada a París no fue fácil. Cuenta Vázquez de Sola que durmió debajo de los puentes y trabajó como peón de albañil. “Me caí de un andamio. Pero tuve la suerte de que el médico que me atendió en el hospital vio mis dibujos y le gustaron, sobre todo el de La gran corrida franquista. Y los llevó al periódico satírico más importante de Francia, Le Canard Enchainé”. Es el momento en que la suerte de Vázquez de Sola comienza a cambiar. Trabajó en las publicaciones francesas Le Canard, Le Monde, Le Monde Diplomatique, L´Humanité, entre otras, consolidándose como “periodista especializado en el dibujo satírico”, tal como se define él mismo.

Tras la muerte de Franco (1975), regresó a España, pero no tardó en ser marginado por los mismos que antes le habían profesado su admiración. No encontró trabajo y tuvo que volver a Francia. A inicios de los años ochenta, decide volver de nuevo a España. A su vuelta dirigió durante un par de meses el semanario satírico El Cocodrillo, del estilo de Le Canard, editado por Eugenio Suárez, pero dimitió por negarse a que colaborase el humorista Summers y por no querer publicar un artículo sobre la vida privada del vicepresidente del Gobierno por entonces Alfonso Guerra.

En 1985 se retira del ejercicio del periodismo y decide instalarse en Monachil (Granada), dedicándose a pintar, escribir y organizar exposiciones monográficas. Entre sus muestras destacan: Lorca y sus Amigos, Mujeres de mis sueños, La Generación del 27, República o “Esto”, Homenaje a Francisco Ayala, Besitos desde Sodoma y A la Pintura. Sus dos últimas exposiciones han homenajeado por un lado la figura de Miguel Hernández (2010) y por otro La Pepa y la Ilustración (2012), con motivo de la celebración del Bicentenario de la Constitución de 1812.

Sus libros tampoco olvidan la crítica y el compromiso como fondo desde el cual construir discursos de resistencia que desvelen las contradicciones del momento. Algunos de ellos son: Letras bastardillas: ¡Mamá Constitución cumple 25 años! (2003). En 2010 publicó Cenizas de un mar en llamas, un libro que trata el drama de la inmigración, y otro dedicado a la monarquía, titulado Jaque mate. En julio de 2013 continuaría su crítica a los Borbones con la obra De oca a oca y tiro porque me toca.

Su último enfrentamiento con el poder aconteció en 1987, año en que fue procesado por la publicación en el periódico La Tribuna de Marbella de 20 dibujos que critican la entrada de España en la OTAN. La denuncia por blasfemia fue iniciativa del Gobierno Civil de Málaga. Según cuenta el periodista político de Andaluces.es Jorge Bezares, alumno en prácticas de El Cocodrilo y testigo de la dimisión de Vázquez de Sola, el artista “chocó de plano contra una especie de libertad vigilada, contra un franquismo sociológico vivito y coleando, contra un integrismo católico bajo palio, contra un PSOE que lo intentó arrinconar laboralmente cuando publicó gratis en 1986 una serie de dibujos muy combativos contra la entrada de España en la OTAN”.

En 1972 consiguió en Bordighera (Italia) la codiciada Palma de Oro, y en 1974, en Turquía, los mejores dibujantes del mundo, reunidos en asamblea, le otorgaron el premio Nasveddin Hoce. Su último reconocimiento llegó en 2014 con la concesión de la Medalla de Oro de Andalucía.